La principal lección aprendida a raíz de la anterior crisis económica es que el quiebre de un banco o una entidad financiera es algo que nos puede afectar a todos. Los gobiernos de los países más afectados por la crisis bancaria se vieron obligados a rescatar a la mayoría de entidades que estaban cerca de la quiebra con el dinero de los contribuyentes y, en algunos casos, ese dinero aún no ha sido devuelto.
El previo a 2008 era un sistema totalmente bancarizado, con apalancamiento tanto por parte de las empresas como de las entidades financieras y una seguridad absoluta en el saber hacer de la banca y la liquidez que ésta proveía.
Después de la caída de Lehman Brothers y la salida a la luz de los fraudes de las hipotecas subprime, los CDO y las preferentes, la confianza en la banca se erosionó y su reputación quedó gravemente dañada.
En la actualidad, los bancos están más regulados y, al menos en España, están controlados por entidades ajenas – como la CNMV, el BdE y la DGSFP -. Aún así, a menudo seguimos viendo malas praxis por parte de la banca más tradicional, como pudimos conocer recientemente con las condiciones exigidas a la hora de conceder los créditos ICO o las cláusulas suelo. Quizá deberíamos revisar el poder que se otorga a los bancos conociendo hasta qué punto pueden colapsar un sistema y la crisis de reputación a la que se enfrentan.
Aún así, los expertos confirman que el sistema financiero se ha ido recuperando lentamente, con una estructura más sana y resistente que la que tenía 10 años atrás. La sobreexposición a préstamos de riesgo y el alto grado de apalancamiento ya no son una constante en el sector bancario, y la aparición de nuevos competidores – concretamente las Fintech -, ha diversificado el acceso a los servicios financieros, garantizando una mejor oferta a una demanda siempre presente.
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